El Cuento
Es el prototipo de la narración y es un suceso imaginario. Aparece en él un reducido número de personajes que participan en una sola acción con un sólo foco temático. Su finalidad es provocar en el lector una única respuesta emocional. La estructura del cuento es la siguiente:
1.- Presentación o planteamiento.- Es la descripción del personaje principal y del lugar en donde se desarrollaran las acciones
2.- Nudo o Clímax.- Presentación del problema del personaje, qué dificultades tiene y cómo lo resuelve. Es el momento de mayor tensión y/o emoción.
3.- Desenlace.- Final del cuento. Se narra la situación en la que queda el personaje.
La evolución histórica del cuento es más difícil de fijar que la de la mayoría de los géneros literarios. Originariamente, el cuento es una de las formas más antiguas de literatura popular de transmisión oral. El término se emplea a menudo para designar diversos tipos de narraciones breves, como el relato fantástico, el cuento infantil o el cuento folclórico o popular. Entre los principales autores de cuentos infantiles figuran Perrault, Hermanos Grimm y Andersen, creadores de historias imperecederas como Caperucita Roja, Pulgarcito, Alí Babá, Blancanieves, Barba Azul
Tipos de cuentos.
Cuentos de hadas.- historias de las intervenciones en los asuntos mortales a través de la magia de unos pequeños seres sobrenaturales del folclore, generalmente de aspecto humano, que habitan en una región imaginaria llamada tierra de las hadas en los asuntos mortales.
En este mundo mágico se engloba además, de forma imprecisa, a los duendes, gnomos, elfos, genios, trasgos, trolls, enanos, banshees, silfos, espíritus y ondinas. La imaginación folclórica no concibe la tierra de las hadas como un mundo aparte, sino que hace vivir a los duendes en parajes tan comunes como las colinas, los árboles o los arroyos, y además usan ropas, adornos, muebles, casas y otros objetos semejantes
Cuentos fantásticos.o Märchen, palabra alemana con la que los eruditos prefieren referirse a ellos, pertenecen al campo de la ficción. Tienen lugar en un mundo fantástico poblado por personajes extraños y mágicos y no se consideran verídicos ni por el narrador ni por su audiencia. Aunque lo sobrenatural abunda en este tipo de cuentos, pocos tienen que ver con los cuentos de hadas. Abarcan un gran número de argumentos (como los relatos de La Cenicienta, Blancanieves o Caperucita Roja).
El tipo de cuento fantástico implica a un héroe o heroína desvalido que debe enfrentarse a diversas pruebas o llevar a cabo empresas casi imposibles, y que gracias a la ayuda de la magia logra asegurar su derecho de nacimiento o formar una pareja conveniente. Con frecuencia comienzan con “Érase una vez” para terminar con “y colorín colorado, este cuento se ha acabado”. Los Märchen se han convertido en relatos infantiles muy populares, aunque en un principio disfrutaron con ellos tanto los mayores como los niños.
Ejemplos de cuentos:
“El lago”
Autor Felipe Garrido
—¿Qué pasa contigo?— pregunta mamá y alza las cejas porque de nuevo traigo mojados los zapatos. "Estuve jugando en la orilla del lago", pienso que voy a decir pero mejor me quedo callado porque ella nunca lo ha visto y cuando le digo eso se enfurece o se pone triste o me mira como uno ve cuando ya no tiene palabras para decir lo que quiere, y entonces alza los brazos y los detiene un momento junto a la cabeza y después los deja caer a los lados en un movimiento y me grita o me da un empellón.
—No me di cuenta -digo, pues, aunque sé que es mentira y que no explica nada. Mamá me mira con los brazos cruzados, con los dientes apretados, mordiendo palabras que no quiere soltar.
—Ayer fue lo mismo. ¡Todos los días! —dice al fin, y pasa frente a mí, se sienta en la mesa, comienza a revisar los papeles que trajo de su changarro, como ella dice cuando se ríe. Me gusta la risa de mamá. "Ven a ver el lago —quiero decirle—. Hay pinos y sauces y palmeras. Hay búhos y tucanes y gaviotas. Hay tapires* y patos y cocodrilos. El agua es tibia, espesa y perfumada." Pero no me atrevo. Me quedo de pie, viendo cómo revisa los papeles, cómo lleva cuentas en su libreta, cómo se quita los zapatos con los pies, sin suspender lo que hace.
—¿Qué esperas? —me pregunta sin alzar la vista—
¿No vas a cambiarte?
"Ven conmigo —quiero decirle—. El lago es bellísimo y peligroso. No me dejes ir solo". Pero las palabras se me quedan en la cabeza; ni siquiera me bajan a la boca. Se me quedan como meros pensamientos, mientras la veo fumar.
—Vas a resfriarte— me dice subiendo el tono de voz—. ¡A quién se le ocurre! —reclama— ¿Qué esperas? Sube a cambiarte —ordena y entonces sí levanta la cabeza
y me mira. Yo clavo en los suyos mis ojos, para que comprenda todo eso que me gustaría decirle. Pero ella vuelve a sus papeles. Doy media vuelta. Subo por la escalera de ladrillo y duelas*. Recorro el pasillo. Llego a mi cuarto. Oigo el radio, abajo, porque mamá acaba de encenderlo. Me pongo de puntas y abro la puerta. Entonces lo veo, enorme y verde, con altas nubes blancas por encima. Con yucas y jacarandas y eucaliptos; con serpientes, monos y garzas. Me lleno las narices con el aroma de las flores que crecen en el agua; me lleno los oídos con los gritos de animales que no alcanzo a ver. Me quito los zapatos. Me desnudo. Siento en los pies el agua tibia y espesa. Avanzo sin volver la vista. Cuando pierdo fondo comienzo a nadar, hacia el frente, con todas mis fuerzas, porque no quiero nunca, nunca, nunca regresar.
Ejercicios de aprendizaje
Análisis literario
Conteste el siguiente cuestionario con base en la lectura anterior.
1. ¿Qué narra el cuento que acabas de leer? escribe brevemente la historia.
2. ¿Quién es el personaje principal y qué características tiene?
3. ¿Qué edad crees que haya tenido el personaje principal? ¿Con base en cuáles partes del cuento se puede inferir la edad del personaje? Ejemplifique.
4. ¿En que persona está narrado el cuento?
5. ¿Te parece que lo que se narra corresponde a la realidad? ¿Por qué?
6. ¿Qué partes de la historia narrada corresponderían a la realidad y cuáles no?
7. ¿Considera que la posibilidad de transformar la realidad es algo que está permitido a los escritores? ¿Por qué?
8. ¿Cuál cree usted que haya sido el propósito de Felipe Garrido al transformar la realidad en este cuento?
9. ¿Te gustó el estilo de escribir de Felipe Garrido? ¿Por qué?
10. ¿Escribe un cuento breve en el que rescates alguna experiencia de tu infancia y la narres a la manera del texto leído, transformando en alguna de sus partes la realidad?
Lee el siguiente cuento y conteste después el cuestionario que aparece al final.
“Episodio del enemigo”
Autor Jorge Luis Borges. Argentino. 1899-1986
Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro.
Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave.
Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
—Uno cree que los años pasan para uno—le dije— pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido. Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Me dijo entonces con voz firme:
—Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso. Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
—Es verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
—Precisamente porque ya no soy aquel niño —me replicó— tengo que matarlo. No se trata de una venganza sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
—Puedo hacer una cosa —le contesté.
—¿Cuál? —me preguntó.
—Despertarme.
Y así lo hice.
Ejercicio de aprendizaje
1. ¿De qué trata el cuento? Enuncie brevemente el argumento.
2. ¿En qué persona gramatical está escrito el cuento? ¿En primera, segunda o tercera del singular (yo, tú o él)?
3. ¿Quién es el personaje que narra la historia? ¿Qué relación hay entre ese personaje y el escritor o autor del cuento?
4. Algunas de las características del cuento como género literario son la brevedad y el final sorprendente, ¿considera que esa característica aparece en este cuento? ¿Por qué?
5. ¿Te agradó el estilo de escribir de Jorge Luis Borges? ¿Por qué?
.
“El Ramo Azul”
· Autor Octavio paz
Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regado, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoleteaba, encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerque al ventanillo y aspire el Aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regrese al centro de la habitación, vacíe el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me frote el torso y las piernas con el trapo empapado, me seque un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calce. Baje saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una siliita de tule, fumaba con los ojos entrecerrados. Con voz ronca me preguntó:
-¿Onde va, señor?
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, toda está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Mas le valiera quedarse.
Alce los hombros, musite “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Camine a tientas por la calle empedrada. De pronto salió de la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Soplo un poco de viento. Respire el aire de los tamarindos. Vibraba la noche llena de hojas e insectos. Camine largo rato, despacio. Me sentía libre. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar una calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes después percibí el apagado rumor de unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
-No se mueva, señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara, pregunté:
-¿Que quieres?
-Sus ojos, señor – contesto la voz, suave, casi apenada.
-¿ Mis ojos? ¿Para qué te servirían mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
-No tenga miedo, señor. No lo matare. Nada más voy a sacarle los ojos.
Volví a preguntar:
-Pero, ¿para que quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules. Y por aquí hay pocos que los tengan.
-Mis ojos no te sirven. No son azules sino amarillos.
-Ay, señor, no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos asi. Te daré otra cosa.
-No se haga el remiloso- me dijo con dureza. Dé la vuelta. Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contemplo intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arroje. Permaneció un instante silencioso.
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
-Ah, que mañoso es usted – me dijo. A ver, encienda otra vez. Frote otro fósforo y lo acerque a mis ojos. Tirándome de la manga me ordenó:
-Arrodíllese. Me hinque. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclino sobre mi, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
-Ábralos bien- me dijo.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
-Pues no son azules señor, Dispense.
Y desapareció. Me acode junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorpore. A tropezones, cayendo y levantándome corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado frente a la puerta. Entre sin decir palabra. Al día siguiente huí de aquel pueblo.
“La muerte tiene permiso”
· Autor: Edmundo Valadez
Sobre el estrado, los ingenieros conversan, ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concentra en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo, frente a ellos.
- Sí, debemos redimirlos. Hay que incorporarlos a nuestra civilización, limpiándolos por fuera y enseñándolos a ser sucios por dentro...
-Es usted un escéptico, ingeniero. Además, pone usted en tela de juicio nuestros esfuerzos, los de la Revolución.
-¡Bah! Todo es inútil. Estos jijos son irredimibles. Están podridos en alcohol, en ignorancia. De nada ha servido repartirles tierras.
-Usted es un superficial, un derrotista, compañero. Nosotros tenemos la culpa. Les hemos dado las tierras, ¿y qué? Estamos ya muy satisfechos. Y el crédito, los abonos, una nueva técnica agrícola, maquinaria, ¿van a inventar ellos todo eso?
El presidente, mientras se atusa los enhiestos bigotes, acariciada asta por la que iza sus dedos con fruición, observa tras sus gafas, inmune al floreteo de los ingenieros. Cuando el olor animal, terrestre, picante, de quienes se acomodan en las bancas, cosquillea su olfato, saca un paliacate y se suena las narices ruidosamente.
El también fue hombre del campo. Pero hace ya mucho tiempo. Ahora, de aquello, la ciudad y su posición sólo le han dejado el pañuelo y la rugosidad de sus manos.
Los de abajo se sientan con solemnidad, con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo. Hablan parcamente y las palabras que cambian dicen de cosechas, de lluvias, de animales, de créditos. Muchos llevan sus itacates al hombro, cartucheras para combatir el hambre. Algunos fuman, sosegadamente, sin prisa, con los cigarrillos como si les hubieran crecido en la propia mano.
Otros, de pie, recargados en los muros laterales, con los brazos cruzados sobre el pecho, hacen una tranquila guardia.
El presidente agita la campanilla y su retintín diluye los murmullos. Primero empiezan los ingenieros. Hablan de los problemas agrarios, de la necesidad de incrementar la producción, de mejorar los cultivos. Prometen ayuda a los ejidatarios, los estimulan a plantear sus necesidades.
-Queremos ayudarlos, pueden confiar en nosotros.
Ahora, el turno es para los de abajo. El presidente los invita a exponer sus asuntos. Una mano se alza, tímida. Otras la siguen. Van hablando de sus cosas: el agua, el cacique, el crédito, la escuela. Unos son directos, precisos; otros se enredan, no atinan a expresarse. Se rascan la cabeza y vuelven el rostro a buscar lo que iban a decir, como si la idea se les hubiera escondido en algún rincón, en los ojos de un compañero o arriba, donde cuelga un candil.
Allí, en un grupo, hay cuchicheos. Son todos del mismo pueblo. Les preocupa algo grave. Se consultan unos a otros: consideran quién es el que debe tomar la palabra.
-Yo crioque Jilipe: sabe mucho. . .
-Ora, tú, Juan, tú hablaste aquella vez. . .
No hay unanimidad. Los aludidos esperan ser empujados. Un viejo, quizá el patriarca, decide: -Pos que le toque a Sacramento. . .
Sacramento espera. –Ándale, levanta la mano. . .
La mano se alza, pero no la ve el presidente. Otras son más visibles y ganan el turno. Sacramento escudriña al viejo. Uno, muy joven, levanta la suya, bien alta. Sobre el bosque de hirsutas cabezas pueden verse los cinco dedos morenos, terrosos. La mano es descubierta por el presidente. La palabra está concedida.
-Órale, párate.
La mano baja cuando Sacramento se pone en pie. Trata de hallarle sitio al sombrero. El sombrero se transforma en un ancho estorbo, crece, no cabe en ningún lado. Sacramento se queda con él en las manos. En la mesa hay señales de impaciencia. La voz del presidente salta, autoritaria, conminativa: -A ver ése que pidió la palabra, lo estamos esperando. Sacramento prende sus ojos en el ingeniero que se halla a un extremo de la mesa. Parece que sólo va a dirigirse a él; que los demás han desaparecido y han quedado únicamente ellos dos en la sala.
-Quiero hablar por los de San Juan de las Manzanas. Traimos una queja contra el Presidente Municipal que nos hace mucha guerra y ya no lo aguantamos. Primero les quitó sus tierritas a Felipe Pérez y a Juan Hernández, porque colindaban con las suyas. Telegrafiamos a México y ni nos contestaron.
Hablamos los de la congregación y pensamos que era bueno ir al Agrario, pa la restitución. Pos de nada valieron las vueltas ni los papeles, que las tierritas se le quedaron al Presidente Municipal.
Sacramento habla sin que se alteren sus facciones. Pudiera creerse que reza una vieja oración, de la que sabe muy bien el principio y el fin.
-Pos nada, que como nos vio con rencor, nos acusó quesque por revoltosos. Que parecía que nosotros le habíamos quitado sus tierras. Se nos vino entonces con eso de las cuentas; lo de los préstamos, siñor, que dizque andábamos atrasados. Y el agente era de su mal parecer, que teníamos que pagar hartos intereses.
Crescencio, el que vive por la loma, por ai donde está el aguaje y que le intelige a eso de los números, pos hizo las cuentas y no era verdá: nos querían cobrar de más. Pero el Presidente Municipal trajo unos señores de México, que con muchos poderes y que si no pagábamos nos quitaban las tierras. Pos como quien dice, nos cobró a la fuerza lo que no debíamos. . .
Sacramento habla sin énfasis, sin pausas premeditadas. Es como si estuviera arando la tierra. Sus palabras caen como granos, al sembrar.
-Pos luego lo de m’ijo, siñor. Se encorajinó el muchacho. Si viera usté que a mí me dio mala idea. Yo lo quise detener. Había tomado y se le enturbió la cabeza. De nada me valió mi respeto. Se fue a buscar al Presidente Municipal, pa reclamarle.. . . Lo mataron a la mala, que dizque se andaba robando una vaca del Presidente Municipal. Me lo devolvieron difunto, con la cara destrozada. . .
La nuez de la garganta de Sacramento ha temblado. Solo eso. El continua de pie, como un árbol que ha afianzado sus raíces. Nada más. Todavía clava su mirada en el ingeniero, el mismo que se halla al extremo de la mesa.
-Luego, lo del agua. Como hay pocas, porque hubo malas lluvias, el Presidente Municipal cerró el canal. Y como se iban a secar las milpas y la congregación iba a pasar mal año, fuimos a buscarlo; que nos diera tantita agua, siñor, pa nuestras siembras. Y nos atendió con malas razones, que por nada se amuina con nosotros. No se bajó de su mula pa perjudicarnos.
Una mano jala el brazo de Sacramento. Uno de sus compañeros le indica algo. La voz de Sacramento es lo único que resuena en el recinto.
-Si todo esto fuera poco, que lo del agua, gracias a la Virgencita, hubo más lluvias y medio salvamos la cosecha, esta lo del sábado. Salió el Presidente Municipal con los suyos, que son gente mala y nos robaron dos muchachas: a Lupita, la que se iba a casar con Herminio, y a la hija de Cresencio. Como nos tomaron desprevenidos, que andábamos en la faena, no pudimos evitarlo. Se las llevaron a fuerza al monte y ai las dejaron tiradas.
Cuando regresaron las muchachas, en muy malas condiciones, porque hasta de golpes les dieron, ni siquiera tuvimos que preguntar nada. Y se alborotó la gente de a deveras, que ya nos cansamos de estar a merced de tan mala autoridad.
Por primera vez, la voz de Sacramento vibró.- En ella latió una amenaza, un odio, una decisión ominosa.
-Y como nadie nos hace caso, que a todas las autoridades hemos visto y pos no sabemos donde andará la justicia, queremos tomar aquí providencias. A ustedes – y Sacramento recorrió ahora a cada ingeniero con la mirada y la detuvo ante quien presidía -, que nos prometen ayudarnos, les pedimos su gracia para castigar al Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas. Solicitamos su venia para hacernos justicia por nuestra propia mano.
Todos los ojos auscultaban a los que están en el estrado. El Presidente y los ingenieros, mudos, se miran entre sí. Discuten al fin.
-Es absurdo, no podemos sancionar esta inconcebible petición.
-No, compañero, no es absurda. Absurdo sería dejar este asunto en manos de quienes no han hecho nada, de quienes han desoído esas voces. Sería cobardía esperar a que nuestra justicia hiciera justicia; ellos ya no creerán nunca más en nosotros. Prefiero solidarizarme con estos hombres, con su justicia primitiva, pero justicia al fin: asumir con ellos la responsabilidad que me toque. Por mí, no nos queda sino concederles lo que piden.
-Pero somos civilizados, tenemos instituciones; no podemos hacerlas aun lado.
-Sería justificar la barbarie, los actos fuera de la ley.
-¿ Y qué peores actos fuera de la ley que los que ellos denuncian? Sí a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos; si a nosotros nos han hecho padecer, ya hubiéramos matado, ya hubiéramos olvidado una justicia que no interviene. Yo exijo que se someta a votación la propuesta...
-Yo pienso como usted, compañero.
-Pero estos tipos son muy ladinos, habría que averiguar la verdad. Además, no tenemos autoridad para conceder una petición como ésta.
Ahora interviene el Presidente. Surge en él el hombre del campo. Su voz es inapelable.
Será la Asamblea la que decida. Yo asumo la responsabilidad.
Se dirige al auditorio. Su voz es una voz campesina, la misma que debe haber hablado allá en el monte, confundida con la tierra, con los suyos.
Se pone a votación la proposición de los compañeros de San Juan de las Manzanas. Los que estén de acuerdo con que se les de permiso para matar al Presidente Municipal, que levanten la mano...
Todos los brazos se tienden a lo alto. También las de los ingenieros. No hay una sola mano que no este arriba, categóricamente aprobando. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa.
-La asamblea da permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan.
Sacramento, que ha permanecido en pie, con calma, termina de hablar. No hay alegría ni dolor en lo que dice. Su expresión es sencilla, simple.
-Pos mucha gracias por el permiso, porque como nadie nos hacia caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas esta difunto.
Ejercicios de aprendizaje
1.- Después de leer los cuentos explica lo siguiente del ”Ramo Azul:”
a).- Cual es el momento de mayor tensión o clímax del cuento “
b).- En donde se desarrolla la acción de este relato
c).- Menciona quienes son los personajes y el papel que desempeñan cada uno de ellos
2.- Del cuento “La muerte tiene permiso”
a).- ¿por qué tiene este titulo?
b).- ¿Cuál es el papel de Sacramento?
Es el prototipo de la narración y es un suceso imaginario. Aparece en él un reducido número de personajes que participan en una sola acción con un sólo foco temático. Su finalidad es provocar en el lector una única respuesta emocional. La estructura del cuento es la siguiente:
1.- Presentación o planteamiento.- Es la descripción del personaje principal y del lugar en donde se desarrollaran las acciones
2.- Nudo o Clímax.- Presentación del problema del personaje, qué dificultades tiene y cómo lo resuelve. Es el momento de mayor tensión y/o emoción.
3.- Desenlace.- Final del cuento. Se narra la situación en la que queda el personaje.
La evolución histórica del cuento es más difícil de fijar que la de la mayoría de los géneros literarios. Originariamente, el cuento es una de las formas más antiguas de literatura popular de transmisión oral. El término se emplea a menudo para designar diversos tipos de narraciones breves, como el relato fantástico, el cuento infantil o el cuento folclórico o popular. Entre los principales autores de cuentos infantiles figuran Perrault, Hermanos Grimm y Andersen, creadores de historias imperecederas como Caperucita Roja, Pulgarcito, Alí Babá, Blancanieves, Barba Azul
Tipos de cuentos.
Cuentos de hadas.- historias de las intervenciones en los asuntos mortales a través de la magia de unos pequeños seres sobrenaturales del folclore, generalmente de aspecto humano, que habitan en una región imaginaria llamada tierra de las hadas en los asuntos mortales.
En este mundo mágico se engloba además, de forma imprecisa, a los duendes, gnomos, elfos, genios, trasgos, trolls, enanos, banshees, silfos, espíritus y ondinas. La imaginación folclórica no concibe la tierra de las hadas como un mundo aparte, sino que hace vivir a los duendes en parajes tan comunes como las colinas, los árboles o los arroyos, y además usan ropas, adornos, muebles, casas y otros objetos semejantes
Cuentos fantásticos.o Märchen, palabra alemana con la que los eruditos prefieren referirse a ellos, pertenecen al campo de la ficción. Tienen lugar en un mundo fantástico poblado por personajes extraños y mágicos y no se consideran verídicos ni por el narrador ni por su audiencia. Aunque lo sobrenatural abunda en este tipo de cuentos, pocos tienen que ver con los cuentos de hadas. Abarcan un gran número de argumentos (como los relatos de La Cenicienta, Blancanieves o Caperucita Roja).
El tipo de cuento fantástico implica a un héroe o heroína desvalido que debe enfrentarse a diversas pruebas o llevar a cabo empresas casi imposibles, y que gracias a la ayuda de la magia logra asegurar su derecho de nacimiento o formar una pareja conveniente. Con frecuencia comienzan con “Érase una vez” para terminar con “y colorín colorado, este cuento se ha acabado”. Los Märchen se han convertido en relatos infantiles muy populares, aunque en un principio disfrutaron con ellos tanto los mayores como los niños.
Ejemplos de cuentos:
“El lago”
Autor Felipe Garrido
—¿Qué pasa contigo?— pregunta mamá y alza las cejas porque de nuevo traigo mojados los zapatos. "Estuve jugando en la orilla del lago", pienso que voy a decir pero mejor me quedo callado porque ella nunca lo ha visto y cuando le digo eso se enfurece o se pone triste o me mira como uno ve cuando ya no tiene palabras para decir lo que quiere, y entonces alza los brazos y los detiene un momento junto a la cabeza y después los deja caer a los lados en un movimiento y me grita o me da un empellón.
—No me di cuenta -digo, pues, aunque sé que es mentira y que no explica nada. Mamá me mira con los brazos cruzados, con los dientes apretados, mordiendo palabras que no quiere soltar.
—Ayer fue lo mismo. ¡Todos los días! —dice al fin, y pasa frente a mí, se sienta en la mesa, comienza a revisar los papeles que trajo de su changarro, como ella dice cuando se ríe. Me gusta la risa de mamá. "Ven a ver el lago —quiero decirle—. Hay pinos y sauces y palmeras. Hay búhos y tucanes y gaviotas. Hay tapires* y patos y cocodrilos. El agua es tibia, espesa y perfumada." Pero no me atrevo. Me quedo de pie, viendo cómo revisa los papeles, cómo lleva cuentas en su libreta, cómo se quita los zapatos con los pies, sin suspender lo que hace.
—¿Qué esperas? —me pregunta sin alzar la vista—
¿No vas a cambiarte?
"Ven conmigo —quiero decirle—. El lago es bellísimo y peligroso. No me dejes ir solo". Pero las palabras se me quedan en la cabeza; ni siquiera me bajan a la boca. Se me quedan como meros pensamientos, mientras la veo fumar.
—Vas a resfriarte— me dice subiendo el tono de voz—. ¡A quién se le ocurre! —reclama— ¿Qué esperas? Sube a cambiarte —ordena y entonces sí levanta la cabeza
y me mira. Yo clavo en los suyos mis ojos, para que comprenda todo eso que me gustaría decirle. Pero ella vuelve a sus papeles. Doy media vuelta. Subo por la escalera de ladrillo y duelas*. Recorro el pasillo. Llego a mi cuarto. Oigo el radio, abajo, porque mamá acaba de encenderlo. Me pongo de puntas y abro la puerta. Entonces lo veo, enorme y verde, con altas nubes blancas por encima. Con yucas y jacarandas y eucaliptos; con serpientes, monos y garzas. Me lleno las narices con el aroma de las flores que crecen en el agua; me lleno los oídos con los gritos de animales que no alcanzo a ver. Me quito los zapatos. Me desnudo. Siento en los pies el agua tibia y espesa. Avanzo sin volver la vista. Cuando pierdo fondo comienzo a nadar, hacia el frente, con todas mis fuerzas, porque no quiero nunca, nunca, nunca regresar.
Ejercicios de aprendizaje
Análisis literario
Conteste el siguiente cuestionario con base en la lectura anterior.
1. ¿Qué narra el cuento que acabas de leer? escribe brevemente la historia.
2. ¿Quién es el personaje principal y qué características tiene?
3. ¿Qué edad crees que haya tenido el personaje principal? ¿Con base en cuáles partes del cuento se puede inferir la edad del personaje? Ejemplifique.
4. ¿En que persona está narrado el cuento?
5. ¿Te parece que lo que se narra corresponde a la realidad? ¿Por qué?
6. ¿Qué partes de la historia narrada corresponderían a la realidad y cuáles no?
7. ¿Considera que la posibilidad de transformar la realidad es algo que está permitido a los escritores? ¿Por qué?
8. ¿Cuál cree usted que haya sido el propósito de Felipe Garrido al transformar la realidad en este cuento?
9. ¿Te gustó el estilo de escribir de Felipe Garrido? ¿Por qué?
10. ¿Escribe un cuento breve en el que rescates alguna experiencia de tu infancia y la narres a la manera del texto leído, transformando en alguna de sus partes la realidad?
Lee el siguiente cuento y conteste después el cuestionario que aparece al final.
“Episodio del enemigo”
Autor Jorge Luis Borges. Argentino. 1899-1986
Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro.
Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave.
Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
—Uno cree que los años pasan para uno—le dije— pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido. Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Me dijo entonces con voz firme:
—Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso. Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
—Es verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
—Precisamente porque ya no soy aquel niño —me replicó— tengo que matarlo. No se trata de una venganza sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
—Puedo hacer una cosa —le contesté.
—¿Cuál? —me preguntó.
—Despertarme.
Y así lo hice.
Ejercicio de aprendizaje
1. ¿De qué trata el cuento? Enuncie brevemente el argumento.
2. ¿En qué persona gramatical está escrito el cuento? ¿En primera, segunda o tercera del singular (yo, tú o él)?
3. ¿Quién es el personaje que narra la historia? ¿Qué relación hay entre ese personaje y el escritor o autor del cuento?
4. Algunas de las características del cuento como género literario son la brevedad y el final sorprendente, ¿considera que esa característica aparece en este cuento? ¿Por qué?
5. ¿Te agradó el estilo de escribir de Jorge Luis Borges? ¿Por qué?
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“El Ramo Azul”
· Autor Octavio paz
Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regado, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoleteaba, encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerque al ventanillo y aspire el Aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regrese al centro de la habitación, vacíe el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me frote el torso y las piernas con el trapo empapado, me seque un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calce. Baje saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una siliita de tule, fumaba con los ojos entrecerrados. Con voz ronca me preguntó:
-¿Onde va, señor?
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, toda está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Mas le valiera quedarse.
Alce los hombros, musite “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Camine a tientas por la calle empedrada. De pronto salió de la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Soplo un poco de viento. Respire el aire de los tamarindos. Vibraba la noche llena de hojas e insectos. Camine largo rato, despacio. Me sentía libre. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar una calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes después percibí el apagado rumor de unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
-No se mueva, señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara, pregunté:
-¿Que quieres?
-Sus ojos, señor – contesto la voz, suave, casi apenada.
-¿ Mis ojos? ¿Para qué te servirían mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
-No tenga miedo, señor. No lo matare. Nada más voy a sacarle los ojos.
Volví a preguntar:
-Pero, ¿para que quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules. Y por aquí hay pocos que los tengan.
-Mis ojos no te sirven. No son azules sino amarillos.
-Ay, señor, no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos asi. Te daré otra cosa.
-No se haga el remiloso- me dijo con dureza. Dé la vuelta. Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contemplo intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arroje. Permaneció un instante silencioso.
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
-Ah, que mañoso es usted – me dijo. A ver, encienda otra vez. Frote otro fósforo y lo acerque a mis ojos. Tirándome de la manga me ordenó:
-Arrodíllese. Me hinque. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclino sobre mi, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
-Ábralos bien- me dijo.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
-Pues no son azules señor, Dispense.
Y desapareció. Me acode junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorpore. A tropezones, cayendo y levantándome corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado frente a la puerta. Entre sin decir palabra. Al día siguiente huí de aquel pueblo.
“La muerte tiene permiso”
· Autor: Edmundo Valadez
Sobre el estrado, los ingenieros conversan, ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concentra en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo, frente a ellos.
- Sí, debemos redimirlos. Hay que incorporarlos a nuestra civilización, limpiándolos por fuera y enseñándolos a ser sucios por dentro...
-Es usted un escéptico, ingeniero. Además, pone usted en tela de juicio nuestros esfuerzos, los de la Revolución.
-¡Bah! Todo es inútil. Estos jijos son irredimibles. Están podridos en alcohol, en ignorancia. De nada ha servido repartirles tierras.
-Usted es un superficial, un derrotista, compañero. Nosotros tenemos la culpa. Les hemos dado las tierras, ¿y qué? Estamos ya muy satisfechos. Y el crédito, los abonos, una nueva técnica agrícola, maquinaria, ¿van a inventar ellos todo eso?
El presidente, mientras se atusa los enhiestos bigotes, acariciada asta por la que iza sus dedos con fruición, observa tras sus gafas, inmune al floreteo de los ingenieros. Cuando el olor animal, terrestre, picante, de quienes se acomodan en las bancas, cosquillea su olfato, saca un paliacate y se suena las narices ruidosamente.
El también fue hombre del campo. Pero hace ya mucho tiempo. Ahora, de aquello, la ciudad y su posición sólo le han dejado el pañuelo y la rugosidad de sus manos.
Los de abajo se sientan con solemnidad, con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo. Hablan parcamente y las palabras que cambian dicen de cosechas, de lluvias, de animales, de créditos. Muchos llevan sus itacates al hombro, cartucheras para combatir el hambre. Algunos fuman, sosegadamente, sin prisa, con los cigarrillos como si les hubieran crecido en la propia mano.
Otros, de pie, recargados en los muros laterales, con los brazos cruzados sobre el pecho, hacen una tranquila guardia.
El presidente agita la campanilla y su retintín diluye los murmullos. Primero empiezan los ingenieros. Hablan de los problemas agrarios, de la necesidad de incrementar la producción, de mejorar los cultivos. Prometen ayuda a los ejidatarios, los estimulan a plantear sus necesidades.
-Queremos ayudarlos, pueden confiar en nosotros.
Ahora, el turno es para los de abajo. El presidente los invita a exponer sus asuntos. Una mano se alza, tímida. Otras la siguen. Van hablando de sus cosas: el agua, el cacique, el crédito, la escuela. Unos son directos, precisos; otros se enredan, no atinan a expresarse. Se rascan la cabeza y vuelven el rostro a buscar lo que iban a decir, como si la idea se les hubiera escondido en algún rincón, en los ojos de un compañero o arriba, donde cuelga un candil.
Allí, en un grupo, hay cuchicheos. Son todos del mismo pueblo. Les preocupa algo grave. Se consultan unos a otros: consideran quién es el que debe tomar la palabra.
-Yo crioque Jilipe: sabe mucho. . .
-Ora, tú, Juan, tú hablaste aquella vez. . .
No hay unanimidad. Los aludidos esperan ser empujados. Un viejo, quizá el patriarca, decide: -Pos que le toque a Sacramento. . .
Sacramento espera. –Ándale, levanta la mano. . .
La mano se alza, pero no la ve el presidente. Otras son más visibles y ganan el turno. Sacramento escudriña al viejo. Uno, muy joven, levanta la suya, bien alta. Sobre el bosque de hirsutas cabezas pueden verse los cinco dedos morenos, terrosos. La mano es descubierta por el presidente. La palabra está concedida.
-Órale, párate.
La mano baja cuando Sacramento se pone en pie. Trata de hallarle sitio al sombrero. El sombrero se transforma en un ancho estorbo, crece, no cabe en ningún lado. Sacramento se queda con él en las manos. En la mesa hay señales de impaciencia. La voz del presidente salta, autoritaria, conminativa: -A ver ése que pidió la palabra, lo estamos esperando. Sacramento prende sus ojos en el ingeniero que se halla a un extremo de la mesa. Parece que sólo va a dirigirse a él; que los demás han desaparecido y han quedado únicamente ellos dos en la sala.
-Quiero hablar por los de San Juan de las Manzanas. Traimos una queja contra el Presidente Municipal que nos hace mucha guerra y ya no lo aguantamos. Primero les quitó sus tierritas a Felipe Pérez y a Juan Hernández, porque colindaban con las suyas. Telegrafiamos a México y ni nos contestaron.
Hablamos los de la congregación y pensamos que era bueno ir al Agrario, pa la restitución. Pos de nada valieron las vueltas ni los papeles, que las tierritas se le quedaron al Presidente Municipal.
Sacramento habla sin que se alteren sus facciones. Pudiera creerse que reza una vieja oración, de la que sabe muy bien el principio y el fin.
-Pos nada, que como nos vio con rencor, nos acusó quesque por revoltosos. Que parecía que nosotros le habíamos quitado sus tierras. Se nos vino entonces con eso de las cuentas; lo de los préstamos, siñor, que dizque andábamos atrasados. Y el agente era de su mal parecer, que teníamos que pagar hartos intereses.
Crescencio, el que vive por la loma, por ai donde está el aguaje y que le intelige a eso de los números, pos hizo las cuentas y no era verdá: nos querían cobrar de más. Pero el Presidente Municipal trajo unos señores de México, que con muchos poderes y que si no pagábamos nos quitaban las tierras. Pos como quien dice, nos cobró a la fuerza lo que no debíamos. . .
Sacramento habla sin énfasis, sin pausas premeditadas. Es como si estuviera arando la tierra. Sus palabras caen como granos, al sembrar.
-Pos luego lo de m’ijo, siñor. Se encorajinó el muchacho. Si viera usté que a mí me dio mala idea. Yo lo quise detener. Había tomado y se le enturbió la cabeza. De nada me valió mi respeto. Se fue a buscar al Presidente Municipal, pa reclamarle.. . . Lo mataron a la mala, que dizque se andaba robando una vaca del Presidente Municipal. Me lo devolvieron difunto, con la cara destrozada. . .
La nuez de la garganta de Sacramento ha temblado. Solo eso. El continua de pie, como un árbol que ha afianzado sus raíces. Nada más. Todavía clava su mirada en el ingeniero, el mismo que se halla al extremo de la mesa.
-Luego, lo del agua. Como hay pocas, porque hubo malas lluvias, el Presidente Municipal cerró el canal. Y como se iban a secar las milpas y la congregación iba a pasar mal año, fuimos a buscarlo; que nos diera tantita agua, siñor, pa nuestras siembras. Y nos atendió con malas razones, que por nada se amuina con nosotros. No se bajó de su mula pa perjudicarnos.
Una mano jala el brazo de Sacramento. Uno de sus compañeros le indica algo. La voz de Sacramento es lo único que resuena en el recinto.
-Si todo esto fuera poco, que lo del agua, gracias a la Virgencita, hubo más lluvias y medio salvamos la cosecha, esta lo del sábado. Salió el Presidente Municipal con los suyos, que son gente mala y nos robaron dos muchachas: a Lupita, la que se iba a casar con Herminio, y a la hija de Cresencio. Como nos tomaron desprevenidos, que andábamos en la faena, no pudimos evitarlo. Se las llevaron a fuerza al monte y ai las dejaron tiradas.
Cuando regresaron las muchachas, en muy malas condiciones, porque hasta de golpes les dieron, ni siquiera tuvimos que preguntar nada. Y se alborotó la gente de a deveras, que ya nos cansamos de estar a merced de tan mala autoridad.
Por primera vez, la voz de Sacramento vibró.- En ella latió una amenaza, un odio, una decisión ominosa.
-Y como nadie nos hace caso, que a todas las autoridades hemos visto y pos no sabemos donde andará la justicia, queremos tomar aquí providencias. A ustedes – y Sacramento recorrió ahora a cada ingeniero con la mirada y la detuvo ante quien presidía -, que nos prometen ayudarnos, les pedimos su gracia para castigar al Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas. Solicitamos su venia para hacernos justicia por nuestra propia mano.
Todos los ojos auscultaban a los que están en el estrado. El Presidente y los ingenieros, mudos, se miran entre sí. Discuten al fin.
-Es absurdo, no podemos sancionar esta inconcebible petición.
-No, compañero, no es absurda. Absurdo sería dejar este asunto en manos de quienes no han hecho nada, de quienes han desoído esas voces. Sería cobardía esperar a que nuestra justicia hiciera justicia; ellos ya no creerán nunca más en nosotros. Prefiero solidarizarme con estos hombres, con su justicia primitiva, pero justicia al fin: asumir con ellos la responsabilidad que me toque. Por mí, no nos queda sino concederles lo que piden.
-Pero somos civilizados, tenemos instituciones; no podemos hacerlas aun lado.
-Sería justificar la barbarie, los actos fuera de la ley.
-¿ Y qué peores actos fuera de la ley que los que ellos denuncian? Sí a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos; si a nosotros nos han hecho padecer, ya hubiéramos matado, ya hubiéramos olvidado una justicia que no interviene. Yo exijo que se someta a votación la propuesta...
-Yo pienso como usted, compañero.
-Pero estos tipos son muy ladinos, habría que averiguar la verdad. Además, no tenemos autoridad para conceder una petición como ésta.
Ahora interviene el Presidente. Surge en él el hombre del campo. Su voz es inapelable.
Será la Asamblea la que decida. Yo asumo la responsabilidad.
Se dirige al auditorio. Su voz es una voz campesina, la misma que debe haber hablado allá en el monte, confundida con la tierra, con los suyos.
Se pone a votación la proposición de los compañeros de San Juan de las Manzanas. Los que estén de acuerdo con que se les de permiso para matar al Presidente Municipal, que levanten la mano...
Todos los brazos se tienden a lo alto. También las de los ingenieros. No hay una sola mano que no este arriba, categóricamente aprobando. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa.
-La asamblea da permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan.
Sacramento, que ha permanecido en pie, con calma, termina de hablar. No hay alegría ni dolor en lo que dice. Su expresión es sencilla, simple.
-Pos mucha gracias por el permiso, porque como nadie nos hacia caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas esta difunto.
Ejercicios de aprendizaje
1.- Después de leer los cuentos explica lo siguiente del ”Ramo Azul:”
a).- Cual es el momento de mayor tensión o clímax del cuento “
b).- En donde se desarrolla la acción de este relato
c).- Menciona quienes son los personajes y el papel que desempeñan cada uno de ellos
2.- Del cuento “La muerte tiene permiso”
a).- ¿por qué tiene este titulo?
b).- ¿Cuál es el papel de Sacramento?
